8 de marzo de 2026: A nuestras hermanas de clase

Este 8 de marzo, mientras las vitrinas se tiñen de un violeta inofensivo y las instituciones intentan convencernos de que nuestra libertad cabe en un cupo de poder o en una cuota laboral, nosotras alzamos la voz desde la rabia organizada. No venimos a pedir permiso ni a celebrar una «femineidad» abstracta. Venimos a poner sobre la mesa la verdad que el sistema intenta maquillar: la opresión que cargamos no es solo un rezago cultural, es el engranaje que aceita la maquinaria del Capital.

En Ecuador, donde la precariedad es la norma y no la excepción, la «informalidad» no es una opción, es una condena. Nos mantienen agotadas, saltando entre el empleo precarizado y la autoexplotación, para que al llegar a casa —esa otra fabrica sin salario ni descanso- no nos quede aliento para organizarnos ni fuerza para el puño. Nos han vendido que el cuidado es «amor» o «instinto» para ahorrarle al Estado miles de millones en servicios sociales, mientras ese mismo Estado usa el dinero para engordar a la policía que mañana nos reprimirá en el barrio. Debemos decirlo con claridad: el cuidado sin capacidad de autodefensa y ataque no es más que servidumbre con otro nombre.

Entendemos las contradicciones que llevamos en el cuerpo. Sentimos el miedo, ese «seteo cerebral» que nos susurra que somos vulnerables y nos hace retroceder ante la bota del patrón o el grito del marido. Ese miedo es real, es un trauma heredado de linajes de silencio, pero la vulnerabilidad no es debilidad. Nuestra historia está escrita por guerrilleras, huelguistas y estrategas que convirtieron su ira en una herramienta política. La verdadera sororidad no es una alianza de cristal entre la empresaria y la obrera; es la solidaridad de clase. No tenemos nada en común con la mujer que nos explota desde una oficina, una curul o una ONG que lucra con nuestra miseria. Sus «logros» de gestión son las cenizas de nuestra lucha colectiva.

Hacemos un llamado a recuperar nuestra naturaleza guerrera. Ser «doblemente revolucionarias» hoy significa llevar la práctica insurrecta a lo cotidiano: romper el pacto patriarcal en nuestras propias organizaciones y dejar de delegar la fuerza a los compañeros varones por una falsa creencia de fragilidad. La autodefensa es un deber y lucha una necesidad. Necesitamos redes de autogestión que alivien el peso del hogar, no para descansar y seguir produciendo, sino para tener el tiempo de formarnos, conspirar y crear la nueva sociedad que llevamos en nuestros corazones.

Cualquier feminismo que no cuestione la propiedad privada, que no señale al imperialismo y que se sienta cómodo en la democracia burguesa, es un feminismo que nos traiciona. Nuestra liberación será obra de nosotras mismas -de la madre obrera, de la joven que se niega a ser mercancía, de la trabajadora explotada o desempleada- o no será. Este 8 de marzo, que nuestra presencia en la calle no sea un desfile, sino un ejercicio de soberanía y una declaración de guerra contra el sistema que nos quiere calladas, cansadas y divididas.

Que caigan juntos, capitalismo y patriarcado
A despertar la furia revolucionaria de la mujeres
¡Aquí están las antifascistas!

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