Crisis en el transporte público: El campo de batalla que la burguesía nos obliga a pagar

Lo que hoy vive el Ecuador y con especial énfasis en Quito con el recorte de la jornada laboral de los transportistas no es una simple crisis de pasajes; es la puesta en escena de un chantaje sistémico. Por un lado, un Gobierno Central que, bajo el dictamen del capital transnacional y el FMI, ha decidido que el pueblo debe «pagar lo que cuesta» el combustible, eliminando los subsidios que sostenían el frágil equilibrio de la economía popular. Por otro lado, una élite transportista que, si bien es golpeada por el costo de los insumos, históricamente ha operado como una patronal precarizadora: recibe dinero público sin ofrecer jamás un servicio digno y hoy utiliza al usuario como escudo humano para blindar su tasa de ganancia.

La estrategia maniquea de «lanzar la pelota» entre el Estado Central y los Municipios es una distracción calculada. Mientras los alcaldes se escudan en la «falta de competencias» y el Gobierno en la «liberación de precios», el resultado es la parálisis de la clase trabajadora. No es ineptitud, es gestión neoliberal del conflicto: fragmentan la responsabilidad para que el enemigo se vuelva invisible. Al final, quien se queda a pie a las ocho de la noche no es el burócrata del Ministerio ni el dueño de la cooperativa de buses que duerme en urbanización privada; es la masa laboral que sostiene el país con su fuerza de trabajo.

En nuestro debate surge una verdad incómoda: ¿quién es el enemigo? Es fácil descargar la rabia contra el chofer que opera la unidad, pero culpar a la «panadería por subir el pan» cuando el trigo lo controla un monopolio es desviar el objetivo. Sin embargo, no cabe romanticismo con la patronal del transporte. Esos «dueños de las decisiones» son quienes mantienen a los conductores sin seguridad social, bajo jornadas extenuantes y en unidades que son trampas mortales. La lucha de clases aquí se manifiesta en tres frentes: el Estado contra el pueblo, la patronal contra el usuario, y el capitalista contra el trabajador del volante.

Ante este secuestro, la reflexión no debe ser cuánto estamos dispuestos a pagar, sino cuánto estamos dispuestos a tolerar. Mientras el transporte sea una mercancía en manos de élites burguesas y una ficha de ajedrez electoral para los políticos de turno, el pueblo será el rehén.

La salida no vendrá de un decreto técnico ni de una promesa de campaña. La solución germina en reconocer que la comunidad organizada es el único contrapeso real ante una casta que se regocija en el privilegio mientras nosotros caminamos a casa. Es momento de dejar de ser pasajeros de nuestra propia miseria para convertirnos en los conductores de nuestra resistencia colectiva. La movilidad es un derecho, no el botín de guerra de sus pugnas interburguesas.

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