ABAJO EL DECRETO 059: Este 13 de marzo, a las calles.

A quienes sostienen la fábrica, el campo, el hospital, la oficina y el hogar; a quienes inventan el pan cada día en la calle; a lxs que tienen un contrato y a lxs que sobreviven en la precariedad de la informalidad:

Harold Burbano, actuando como un peón más en el tablero de Noboa y el FMI, no solo ha firmado una sentencia contra la clase obrera, sino que ha escupido sobre la memoria de aquellos mártires del 15 de noviembre de 1922 que cayeron para conquistar la jornada de ocho horas. Hoy, con una pluma servil a las cámaras de comercio, se pretende reinstaurar la servidumbre mediante el Acuerdo Ministerial MDT-2026-059.

Bajo el disfraz de «eficiencia» y «dinamismo», este sistema permite que la patronal disponga de tu vida a su antojo. No es flexibilidad, es robo salarial institucionalizado. Al permitir que las 40 horas semanales se distribuyan de forma irregular en jornadas de hasta 10 horas diarias , el patrón te exprime dos horas extra cada día sin soltar un solo centavo de recargo suplementario, «compensándote» con un tiempo libre que él decide cuándo darte. Te roban el valor de tu tiempo de descanso diario y lo convierten en ganancia limpia para la burguesía.

La supuesta «libertad» de aceptar estos horarios es la mentira más perversa. Se nos habla de un consentimiento que en la práctica es una emboscada: el requisito de negociar se evapora si el horario ya consta en el Reglamento Interno de Trabajo. Ese documento, redactado unilateralmente por el patrón, es aceptado por el trabajador no por voluntad, sino bajo coacción. Al adherirse a este reglamento sin posibilidad de debate, el trabajador entrega su vida a una jornada extenuante simplemente porque así lo dicta un papel que «aceptó» para no quedar en la calle

A este engaño se suma la rendición del Estado ante el capital: si el Ministerio no se pronuncia en diez días sobre una solicitud de horario especial, la ley otorga una aprobación automática por silencio administrativo. Han quitado los pocos frenos que contenían la voracidad del patrón, dejando al trabajador en una indefensión absoluta. La ley ha dejado de ser un escudo para la clase obrera y se ha convertido en el mazo que el verdugo utiliza para quebrar nuestra resistencia física y organizativa.

Peor aún, utilizan a nuestra juventud como carne de cañón para este experimento de precarización. Bajo la promesa de «primera experiencia laboral», el Ministerio priorizará a las empresas que impongan estos horarios a jóvenes de entre 18 y 29 años. Quieren una generación que crezca creyendo que no tener vida propia es el precio de tener un empleo.

No faltará quienes, apoyados en cifras frías, digan que esto solo afecta a una minoría. Es una trampa. La regresión de derechos es una marea que, cuando sube para los de arriba, ahoga más rápido a los de abajo. Si se normaliza la jornada de 10 horas y la disponibilidad total en el sector formal, el techo de dignidad se desploma para todos. Al robarnos el tiempo, nos roban la posibilidad de pensar, de estudiar y de organizarnos. Un trabajador agotado solo tiene fuerzas para sobrevivir, nunca para rebelarse.

Frente a la prepotencia de este Acuerdo y la guerra declarada contra el pueblo trabajador, no responderemos con flores, sino con fuerza organizada. No permitamos que la prisa rompa la paciencia de la estrategia; sigamos levantando trincheras de lucha y tejiendo las redes necesarias para sostener el golpe.

Abajo el Acuerdo Ministerial MDT-2026-059
Ni humilladxs ni precarizadxs
¡Trabajadorxs organizadxs!

La Cloaca del Poder: De las islas de Epstein a las calles de Ecuador

Mientras el mundo vuelve a estremecerse este inicio de 2026 con las nuevas filtraciones de los archivos de Epstein, esa cloaca donde el poder global desnudó su naturaleza depredadora, es urgente que también regresemos la mirada a la podredumbre que supura dentro de nuestra propia casa. Es fácil indignarse ante la depravación de las élites mundiales, pero esa misma red de impunidad es la que sostiene a nuestra lumpen-burguesía local. 

Hablamos de esa clase parasitaria que se llena los bolsillos con utilidades bancarias récord —superando los 700 millones de dólares anuales— mientras el país se desangra. El jet privado de las “islas del pecado” y el barco bananero que sale de Guayaquil cargado de cocaína son dos caras de la misma moneda. No son mundos distintos; es el mismo engranaje donde el dinero se “desinfecta» en edificios de lujo mientras en los barrios ponemos los muertos.

Debemos llamar a las cosas por su nombre para que el análisis sea un arma. Lo que vivimos en Ecuador es el capitalismo en su fase más pura, violenta y desprovisto de la poca ética que le quedaba. En este engranaje, la **lumpen-burguesía (dueños de bancos, importadoras y constructoras que lavan el capital de sangre) utiliza al *lumpen-proletariado como su mano de obra más barata y desechable. Y aquí no caben romanticismos: ese sujeto que víctima de un sistema que lo parió sin pan, ni educación, pero con un arma, hoy es quien te extorsiona, quien asalta al obrero y quien intimida al vecino. Es enemigo de primer orden en la cotidianidad del barrio, un victimario que, en su desesperación o ambición, se ha vuelto el perro guardián de los negocios turbios de los de arriba.

En esa desesperación mediada por el terror, el pueblo muchas veces descarga su furia contra el eslabón más débil: el delincuente menor que termina linchado o quemado en una esquina. Pero seamos claros: golpear al último peldaño de la escalera mientras guardamos silencio ante los grandes traficantes y banqueros es un acto de cobardía inducida. La «limpieza social» y los “comandos de la muerte” jamás serán justicia popular; son herramientas perversas que, curiosamente, siempre terminan ligadas a militares, policías u organizaciones políticas que defienden los intereses de los ricos. Ellos nos meten miedo para vendernos su «seguridad», mientras sus patrones lavan el dinero del narco al que dicen despreciar. Quieren que nos matemos entre pobres para que nadie mire hacia los penthouses donde se firman los verdaderos acuerdos.

Nuestra tarea no es convertirnos en verdugos al servicio de la burguesía, sino reconstruir el tejido social que el narco-capitalismo rompe. Organizar la autodefensa popular no significa crear grupos de exterminio que le hacen el trabajo sucio al Estado, sino levantar una fuerza comunitaria que recupere la calle, que cuide a nuestras infancias de la seducción del dinero fácil y que expulse tanto al vacunador como al banquero que le limpia las cuentas. Solo cuando la comunidad se reconozca a sí misma fuera del engranaje podrido de las economías legales e ilegales, empezaremos a ser libres. Porque si la élite tiene sus islas y sus archivos secretos, nosotros tenemos la solidaridad de clase y la rabia organizada que no se vende ni se arrodilla.

A preparar la ofensiva popular

 

** Algunos conceptos necesarios

El Proletariado
Es la clase que, al no ser dueña de fábricas, tierras ni herramientas, sólo tiene su fuerza de trabajo para vender. El proletario no es solo quien trabaja, es quien produce la plusvalía (la riqueza que el patrón se queda sin haber trabajado). Su fuerza reside en su papel estratégico en la producción: si el proletariado se detiene, el mundo se apaga.

*Lumpenproletariado:
Son los sectores expulsados del sistema productivo que han perdido el vínculo con la identidad obrera . Al vivir al margen de la ley y la solidaridad de clase, Marx advertía que son un grupo peligroso. Sin formación política, el sistema los usa fácilmente como fuerza de choque o soplones, pues su falta de raíces los hace vendibles al mejor postor, incluso a sus propios opresores.

La Burguesía: 
Es la clase dominante que posee los medios de producción. Su función histórica ha sido acumular capital mediante la explotación del trabajo ajeno. A diferencia del pueblo, la burguesía utiliza el Estado y sus leyes para proteger su propiedad privada. No son «emprendedores» por esfuerzo propio, son los administradores de un sistema que requiere que la mayoría sea pobre para que una minoría sea inmensamente rica.

**Lumpenburguesía
Término clave para entender a las élites de países dependientes o colonizados. A diferencia de la burguesía industrial que construye infraestructura, la lumpenburguesía es parásita: no tiene proyecto de país, solo de bolsillo. Actúan como intermediarios del capital extranjero legal o ilegal, prefiriendo la especulación financiera y el extractivismo (saqueo de recursos naturales) antes que el desarrollo social. Son los que venden su propia nación a pedazos por una comisión.



La obediencia es la enfermedad, la desobediencia es la cura

Nos han educado para ser engranajes de una maquinaria ajena. Desde la escuela-cuartel hasta la fábrica-prisión, el sistema ha montado un experimento de domesticación donde la única respuesta permitida es la sumisión. Pero la historia no la escriben quienes bajan la cabeza, sino quienes interrumpen el flujo del orden establecido.

Los patrones sociales y económicos del capitalismo nos empujan hacia un individualismo suicida. Nos han vendido la «salvación individual» para ocultar que nuestra soledad es la base de nuestra debilidad. Nos fragmentan para devorarnos. El egoísmo no es una condición biológica; es una herramienta de control burgués diseñada para que veas un competidor en quien sufre a tu lado, en lugar de un hermano de clase.

El poder teme al pueblo que piensa y se reconoce. Por eso, asfixian nuestra conciencia con necesidades artificiales y espectáculos vacíos. Nos imponen una cultura del consumo que nos entierra en deudas mientras refuerzan los grilletes de la vigilancia algorítmica. Un pueblo entretenido es un pueblo explotable.

La democracia burguesa es un teatro de sombras donde los actores cambian pero el guion lo escriben los mismos dueños del dinero. La verdadera política no reside en las urnas del opresor, sino en la ruptura de los hábitos de obediencia que nos han inoculado.

Desobedecer no es un capricho individualista; es un acto de autodefensa de clase. Cada vez que prefieres la solidaridad sobre la competencia, estás saboteando la lógica del Capital y recuperando tu humanidad.

La victoria no vendrá de “mesías” ni de «líderes» que negocian nuestras vidas en despachos alfombrados. La emancipación será obra de la clase obrera , desde la base, la autogestión y el apoyo mutuo.

      1. Identifica el patrón: Reconoce cuándo actúas por el miedo programado por el sistema.
      2. Corta el hilo: Niégate a ser el verdugo de tus iguales. Rompe la cadena de mando en tu cotidianidad.
      3. Organízate y Lucha: La única fuerza capaz de detener la maquinaria es la de las masas conscientes, organizadas y fuera de control institucional.


POR TU SALUD MENTAL, DESOBEDECE