Mundial de Fútbol 2026: reflexiones antifascistas desde el territorio ecuatoriano.

El mercantilismo y el consumismo dice “jueguen muchachos”. El 11 de junio de 2026, el balón comenzó a rodar en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, conocido como el “Gigante de Santa Úrsula”. Con el inicio del Mundial México-Canadá-EE. UU. 2026, el espectáculo deportivo parecía impecable en lo organizativo. Sin embargo, lo que las cámaras globales omitieron fue que, apenas ocho minutos después del pitazo inicial, cientos de manifestantes a las afueras del estadio fueron sometidos a una feroz represión policial. Mientras un puñado de consumidores privilegiados disfrutaba del evento, miles de personas salieron a las calles para aprovechar la visibilidad mediática del Mundial y exigir sus derechos, incomodando al poder político y económico.

Gran avance por las bandas para los manifestantes, pero reciben una falta por detrás de las autoridades. Revisando el VAR de la justicia social se pudo ver lo siguiente: la rabia que estalló este 11 de junio no fue casual, fue el desborde de un país que ha llegado al límite de su tolerancia ante el cinismo:

  • El grito de las Madres Buscadoras: Ante una crisis de más de 130,000 desaparecidos, las familias rompieron el silencio del Mundial. Denunciaron que México se ha convertido en un cementerio clandestino y que el evento deportivo es una burla sangrienta frente a su dolor.
  • La dignidad magisterial: La CNTE marchó en defensa de la educación pública frente a un Estado que prioriza eventos corporativos sobre la formación de la juventud. Su lucha es una resistencia contra la precarización y el intento gubernamental de silenciar a quienes enseñan a pensar.
  • La herida de Ayotzinapa: A casi 12 años de la desaparición de los 43, el Mundial es un recordatorio de que la impunidad es política de Estado. Su presencia fue un acto de memoria histórica contra quienes, en los altos cargos, protegen a los responsables de la masacre.
  • Vivienda y territorio: El evento ha acelerado la gentrificación y el desplazamiento. Las protestas señalaron como el despojo del espacio público y la militarización de los barrios se imponen para que el turista disfrute mientras el vecino es marginado.
  • Rechazo a la militarización: El operativo de seguridad no buscaba proteger a la ciudadanía, sino blindar el negocio de la FIFA. La represión demostró que el gobierno prefiere la violencia antes que permitir que el descontento popular empañe su fachada de «país moderno».

Al finalizar el encuentro entre México y Sudáfrica, los espectadores salieron del estadio enfurecidos, no solo por el rendimiento de su equipo, sino por la interrupción del transporte público a causa de las protestas. En ese instante, la burbuja del consumismo estalló; el sueño terminó y la realidad se impuso.

Mientras una minoría se indignaba por el marcador, la mayoría del país lo hacía por razones estructurales: maestros con salarios de miseria y la complicidad de la FIFA con los Estados organizadores para desviar fondos públicos hacia corporaciones transnacionales. Un mundial que se promociona como el más caro de la historia (13,900 millones de dólares) obliga a Estados como el mexicano a gastar millones en infraestructura, presupuesto que hoy el pueblo reclama. Y los directores técnicos estatales no hacen los cambios necesarios. Tarjeta roja para esta administración.

En cuanto a los presupuestos de Estados Unidos y Canadá, su derroche en este Mundial resulta obsceno. Son potencias que han edificado su bienestar sobre el saqueo del Sur Global, actuando como verdaderos parásitos del mercado. ¿Cómo pueden justificar tal gasto cuando en EE. UU. hay 40 millones de personas en la pobreza? ¿O cómo ignorar a las más de 1,500 mineras canadienses que hoy contaminan territorios desde Chile hasta el río Nangaritza en Ecuador? No son ajenos a la crisis; son, en esencia, quienes la provocan. Juegan al borde del reglamento y el árbitro global lo sabe. Vamos de vuelta a la videoasistencia de la justicia histórica. Decisión final: tarjeta roja para al imperialismo.

Es indignante ver cómo 13,000 millones de dólares se destinan al entretenimiento. Mientras en México las madres buscadoras exigen respuestas y el Estado indolente les da la espalda. Ni un minuto de hidratación para estás agotadas luchadoras sociales.

El Mundial distrae, eso no cabe duda, pero lo peligroso es que el espectáculo sea utilizado para desviar la atención mientras se aprueban leyes y presupuestos en contra de las mayorías. Los ricos del mundo modifican los reglamentos de juego a favor de ellos una y otra vez.

La indignación crece al ver que personajes como Donald Trump reciben el premio ‘FIFA de la Paz’ de manos de un servil como Gianni Infantino. La FIFA, que excluyó a Rusia en 2022 por «invadir» Ucrania, mantiene una doble moral inaceptable al permitir que Estados invasores y expoliadores compitan impunemente. Mientras se castiga a unos, se protege a otros como Israel y Estados Unidos, cuyos gobiernos basan su riqueza en el despojo, la ocupación y la muerte. Si el precio de participar en esta fiesta mediática es la complicidad con el genocidio, nosotrxs, desde el Sur Global, decimos: no lo queremos. Preferimos seguir jugando en posición adelantada. No podemos ser cómplices de un espectáculo que blanquea la violencia mientras nos pide que miremos a otro lado. No podemos ser ese hincha que solo asiste para la foto y la bebida. Hay que cuestionar lo que está mal dentro del deporte que tanto disfrutamos.

La realidad de los desposeídos en México, Canadá y EE. UU. no es ajena a la de Ecuador. Mientras el presidente Daniel Noboa abandona el país para asistir al Mundial, Ecuador sigue sumido en la violencia y el abandono de los servicios de salud, incumpliendo plazos y promesas. Seguimos jugando de visitantes en nuestro propio territorio, entregado a capitales extranjeros y empresas multinacionales.

Compañero, nadie pide que renuncies al entretenimiento, pero te invitamos a no perder de vista los problemas locales y globales. No permitas que el espectáculo te manipule. Si las corporaciones quieren ganancias, que las obtengan con dinero propio y no con fondos públicos. Usemos el ruido y las cámaras de este Mundial para amplificar nuestras denuncias. Mientras dure la fiesta, que se agrande el malestar.

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